lunes, 10 de mayo de 2010

Pateando sin gasolina

Hola a todos. Primero disculpen por estar fuera de circulación tantos días. Esta entrada debería estar en un blog con un nombre como "Patean-do Venezuela" o "Patean-do el interior" (Que original ¿no?) pero me voy a permitir colocarla aquí para evitar poblar el internet de blogs con mi firma de autor.

Este relato tiene que ver con un evento que me ocurrió por dos días de  manera consecutiva, y fue nada menos que llegar con retraso a mi trabajo. Para los que me conocen, y para los que no también, mi empleo actual es como profesor de Informática en un colegio en Caracas, por lo que la puntualidad es sumamente importante.

La llegada tarde a mi trabajo el día martes de la semana pasada tiene que ver con el evento de siempre: encontrarse una cola increíblemente inoportuna y por supuesto absolutamente inesperada. No voy a ahondar mucho al respecto, pues es lo que nos ocurre o nos ha ocurrido probablemente al 99% de los caraqueños que no circulan en moto por nuestra ciudad.

En verdad el motivo de esta entrada es el de relatar un episodio mucho más interesante y que fue la causa de mi llegada tarde el día anterior, es decir, el lunes de la semana pasada. Para esto tengo que decirles, a pesar de la envidia que pueda sucitar en mis lectores, que el fin de semana anterior al lunes en cuestión estuve en la playa, específicamente en la zona de Barlovento, cuya cercanía a Caracas y con la construcción de la nueva "autopista" permite un acceso relativamente cómodo y rápido.

El domingo en la noche, a eso de las 9, una vez recogidas las pertenencias personales y dar los últimos toques técnicos al apartamento donde me encontraba me dispuse a salir para Caracas muy feliz y confiado  en que no encontraría tráfico de regreso. El único detalle que podría empañar la perfección del plan era que debía poner gasolina, pues contaba con un poco menos de 1/4 de tanque, cantidad absolutamente insuficiente para llegar.

Al llegar a la primera bomba de gasolina, que se encuentra a 5 minutos de la urbanización donde me hospedé observo, con bastante alivio, los anuncios de neón encendidos y a un señor que parece ser parte del personal de dicho lugar, sentado con cara de que ha sido un domingo muy largo y de que nadie debería estar trabajando a esa hora. Estaciono el carro junto al surtidor de gasolina para proceder al llenado del tanque, cuando veo que el "bombero" me hace con la mano el típico gesto de NO.

Acerco el carro hasta donde se encuentra el individuo y le pregunto si la bomba está cerrada. Me dice que no, que la bomba está abierta. Mi confusión empieza a aumentar, y cuando le pregunto cuál es el inconveniente, me dice con una gran sonrisa de satisfacción:

"No hay gasolina, se acabó esta talde. Se vendió toda puéjj. Eche mañana."

Tras unos 3 segundos de sorpresa e incredulidad vuelvo a preguntar si no hay ni siquiera gasolina de 91 octanos. La respuesta vuelve a ser algo similar.

Al escribir esto me doy cuenta de lo estúpido que fui al hacer una tercera pregunta, pero en ese momento de desesperación y buscando la forma de saler del predicamento pregunté al señor donde podía conseguir gasolina.

"Nooooooo. En el Guapo."

La alternativa habría sido viable si hubiera tenido la certeza de que con la cantidad de gasolina que tenía me hubiera alcanzado para llegar hasta allá, y en segundo lugar si no hubiera sido la hora que era. Bajo esta perspectiva me decidí por la opción más prudente, que fue esperar hasta el día siguiente a que llegara la gasolina a la respectiva bomba. Mi plan consistía sencillamente en salir exageradamente temprano, pues calculé yo, que la gasolina debía llegar al menos a las 5 A.M y saliendo a esa hora, quizá no llegaría justo a tiempo a mi trabajo, pero definitivamente no llegaría tan tarde, y bajo las circunstancias en las que me encontraba ya era una solución satisfactoria.

Para terminar de hacer el cuento corto les diré que la gasolina llegó a las 8:00 de la mañana del lunes.

Hasta el momento no les he dicho que además de la importancia de llegar a tiempo a mi trabajo regularmente, ese lunes en particular debía dictar un taller a mis colegas profesores a las 10 de la mañana, por lo que la importancia de llegar a tiempo ese día era quizá mayor aún. Finalmente llegué a mi destino a las 10 y 30 de la mañana, puesto que algún ser supremo se apiadó de mi alma y permitió que no consiguiera el tráfico que esperaba consguir en el trayecto, y además con la suerte de que una de las charlas que había antes de mi taller se retrasó y mi taller pudo comenzar a las 11 en punto sin contratiempos.

Dejo esta nota hasta aquí, pues cualquier comentario adicional al respecto de la escasez de gasolina en un país petrolero, o la inseguridad de las carreteras, o lo sabroso que estaba el helado que me comí el domingo en la noche cuando no me pude regresar a Caracas podría interpretarse como una queja, y definitivamente no es el objetivo de este blog.

Saludos a todos.

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