viernes, 4 de junio de 2010

Patean-do en Zig Zag

Inicio esta nota con un sentimiento de compasión y de pura lástima. Y estas emociones vienen dadas por mis observaciones al respecto de las pobres almas desorientadas de los caraqueños.

¿Desorientadas por qué? Bueno, porque los pobres conductores, haciendo un énfasis especial en los que conducen taxis y autobuses, no parecen nunca saber hacia donde se dirigen. Esta es la única razón que se me ocurre para explicar el por qué los caraqueños manejan como si estuvieran haciendo zig zag entre canales.

No sé si la tendencia de cambiarse de canales es algo inherente a la naturaleza humana, pues he visto personas que también se cambian de fila en la cola para comprar las cotufas en el cine, o para pagar en el supermercado. El problema al estar conduciendo viene dado cuando la persona decide cambiar de canal sin fijarse si dicho canal ya está ocupado. Si esto ocurre (normalmente es así), vienen los inevitables cornetazos, mentadas de madre, peleas callejeras y rayas en parachoques, puertas o incluso choques de los que llaman estúpidos que tienen un costo directo de unos cuantos cientos de bolívares, pero cuyos costos indirectos son absolutamente incalculables, pues producen retrasos en las principales vías de la ciudad de unas cuantas horas para miles de personas.

La técnica empleada por los choferes de autobús es la que vulgarmente conocemos como "Lanzar el autobús" al carro que venga circulando a su lado. Si uno está pendiente sencillamente clava los frenos, toca corneta, murmura o grita según su estado de ánimo, y termina "otorgando" el derecho a vía. En lo personal ya estoy tan acostumbrado al asunto que el proceso de frenado ya carece del resto de los elementos. Todavía yo no he logrado descifrar si para un autobusero es un honor que los demás carros le toquen corneta, o tiene un contador de cornetazos que le da dinero por cada uno que reciba o sencillamente ese es su papel higiénico.

La práctica de este hábito se ha visto un poco mermada en las autopistas por cortesía de los motorizados, que se trasladan por su vía rápida exclusiva, y que si llegan a ver a alguien pisando su sagrado territorio de circulación tocan su corneta, te golpean el retrovisor o incluso hasta te golpean el vidrio del carro, y de verdad una de las cosas que más atemoriza en la actualidad es que se baje un bicho de esos a darte de golpes con el casco en el capó o en el parabrisas del carro. Sin embargo si es muy temprano y la autopista está despejada los conductores aprovechan la libertad existente y circulan haciendo bonitos actos de acrobacias tales como cambiarse del canal lento al rápido de un solo volantazo sin pisar el freno (lo que mi amigo Enrique llamaba "Hacer un Olímpico") y cosas por el estilo. Imagino que la experiencia debe ser más gratificante si se tiene un camión de ocho ejes.

Otro de los cambios de canal a resaltar definitivamente es el cambio para "comerse la cola". Cada vez que lo veo no puedo evitar reírme de lo bruto que es el conductor que lo hace, y pido perdón si ofendo a alguien, pero es que es el adjetivo que mejor le corresponde sin caer en lo vulgar.

Este tipo de cambios los veo con muchísima frecuencia en la carretera Panamericana, cuando hay muchísima cola y en la autopista Valle Coche. El protagonista decide cambiarse de canal violentamente a una parte donde la vía es más ancha, tipo un refugio, un mirador o cualquier pedazo que vaya fuera de la vía, de modo que logra adelantar unos 20 o 30 carros para incorporarse de nuevo a la cola en el canal regular. En momentos de ocio en las colas cuando veo estos episodios no puedo evitar preguntarme: ¿Será orgásmico?, Ajá guevón y ahora ¿qué vas a hacer con los 3000 carros que te quedan por delante?, ¿Este gafo se dará cuenta de que está trancando más la vaina?.

El martes pasado llegué al máximo de mi regocijo cuando me encontraba en una cola bastante fuerte en la autopista Valle Coche a la altura de la bomba del Fuerte Tiuna, que es uno de los sitios por excelencia que aprovechan los "comecolas". Veo a una cantidad de personajes de estos entrando a la bomba para adelantar un poco, cuando de pronto me doy cuenta que vienen vehículos retrocediendo por dicha entrada. En un primer momento fui bastante estúpido como para pensar que alguien se había arrepentido de lo que estaba haciendo, hasta que me di cuenta de que el éxodo en retroceso era masivo. Al adelantar un poco más pude ver como un soldadito, con un fusil más grande que él, cuidaba una cantidad de conos que cerraban el paso a los coleones. Solo se podía salir de la bomba si se había echado gasolina. Por cierto tengo que destacar que el amigo soldado no dejó pasar a nadie y mandó a regresar a todo el mundo de manera contundente y sin derecho a réplica. Me sentí satisfecho. Creo que era una especie de cura a la impotencia que da ver a estos individuos hacer lo que no deben, y una sensación de venganza cumplida se depertó en mi interior.

Mis ganas de aplaudir se desvanecieron casi instantáneamente cuando por mi mente cruzó el pensamiento de que no es posible que a la gente tengan que ponerle una ametralladora en la cara para que cumpla con sus deberes ciudadanos y tengan un poco de consideración por el prójimo al que se encargan de patear a diario, bien sea en zig zag o derechito y por todo el medio.