lunes, 26 de abril de 2010

¿Analfabestias?

Esta entrada tiene que ver con un evento que pude presenciar el día sábado, y que debo reconocer que generó regocijo y satisfacción en mi persona.

Antes de que ocurriera este evento, ya había tenido la oportunidad de observar con frecuencia que normalmente la gente no comprende lo que está leyendo o no le apetece gastar su precioso tiempo y esfuerzo en leer alguna información cuando puede sencillamente preguntarle a alguien.

A eso del mediodía abordo un autobús en la redoma de San Antonio de los Altos con destino a Caracas. Al momento de pagar el pasaje mi vista se encontró con un par de carteles de considerable tamaño que decían:

"No hay parada en el Km 2 y 3"

"No hay parada en la autopista"

No cabía lugar a dudas para mí que el chofer se debe haber visto involucrado en algún desagradable incidente que lo obligó a colocar estos avisos para informar a sus pasajeros que en los puntos donde NO existe una parada de autobuses, el autobús no puede pararse a dejar o recoger pasajeros.

Poco a poco los pasajeros van llenando el vehículo, encontrándose como yo al subir, ambos carteles frente a sus rostros, para, una vez que todos los puestos están ocupados, ponerse en marcha rumbo a su destino.

En el Kilómetro 7, a la altura del IUT, el autobús hace una parada para recoger a algunos pasajeros. NAda más al abordar, el primero de ellos le pregunta al chofer si los puede dejar en el Kilómetro 2 de la Panamericana. El chofer se niega y señala el cartel que tiene pegado EN LA ENTRADA del bus, y que definitivamente todo el mundo debería haber leído al subirse.

Al recibir dicha negativa, el pasajero desciende del autobús, bastante molesto, y gritando cualquier cantidad de barbaridades respecto a que TODOS los autobuses SIEMPRE se detienen en el Kilómetro 2 y que el chofer es esto, aquello y algo más.

El trayecto continúa con normalidad, hasta que el autobús llega a la autopista Valle-Coche y pasa el puente del Fuerte Tiuna. En ese momento una pasajera decide aproximarse al chofer y le pregunta si puede dejarla descender en un punto más adelante, asumo que a la altura de Santa Mónica, en la autopista. El chofer se limita a seguir conduciendo en absoluto silencio, y sin siquiera mirar a la pasajera señala de la forma más despectiva que puede el cartel que dice NO HAY PARADA EN LA AUTOPISTA.

Cualquier podría pensar que con una respuesta de esa contundencia la pasajera volvería a su puesto, más no es así. La susodicha realiza un segundo intento, poniendo su voz más melosa y convincente, recibiendo una vez más la misma respuesta silenciosa del dedo señalando el cartel.

En este punto ya me encuentro riendo abiertamente desde mi puesto, pues no puedo concebir como alguien puede querer bajarse de manera tan desesperada en la autopista como para aguantar tal muestra de desprecio, cuando la muchacha realiza un tercer intento para que el chofer acceda a sus súplicas. Una vez más el chofer, supongo que ya cansado de la insistencia, señala con el dedo de manera contundente el cartel de NO HAY PARADA EN LA AUTOPISTA.

Resignada, la muchacha vuelve a su asiento, ante mi divertida mirada, quejándose de que el señor del autobús solo la puede dejar en la parada señalada para tal fin.

Al final de mi recorrido pude comprobar que las respuestas del señor no eran por cuestión de antipatía o de mala educación, pues al desearle buenas tardes al bajarme en una parada, el señor respondió de manera bastante amable. Por supuesto que imagino que éste señor no tendrá la menor idea de que hay una entrada en este blog sobre su admirable conducta que incentiva y motiva a nuestra querida población a practicar el sano hábito de la lectura, y mucho menos la satisfacción que me produjo su manera sobria y objetiva de responder ante cualquiera de las necias peticiones de los usuarios del transporte público, que el sábado me demostraron que hoy día se puede hasta patear la palabra escrita.

Una tarde con lluvia

Esta primera entrada es sumamente especial, en primer lugar porque es la primera, y en segundo lugar porque el episodio que narraré a continuación fue el que despertó en mí la inquietud de generar este espacio.

El día martes 20 de abril después de salir de mi trabajo aproveché la oportunidad de poder tomar un aventón hasta Plaza Venezuela, para posteriormente desde allí abordar un autobús que me llevaría hasta mi casa.

Al llegar a Plaza Venezuela a las 5 en punto de la tarde, la cola para tomar el bus que me correspondía pasaba de unas 120 personas según mis cálculos. Mi preocupación no era la cantidad de gente sino la amenaza de lluvia que traía el cada vez más gris cielo de Caracas.

Por supuesto que, como ya podrá adivinar el lector, cuando la lluvia comenzó yo me encontraba aún detrás de unas 60 o 70 personas en la fila que hacía. En ese momento, aprovechando lo oportuno del mercado informal local, adquirí un paraguas y con él pude cubrirme algo del aguacero, que era de intensidad moderadamente fuerte.

Hasta este momento, el relato parece ser el de cualquiera de las personas que se encontraba en esa cola, y justo en este punto es cuando empieza a diferenciarse.

Con menos de un minuto debajo de mi nuevo paraguas una señora que se encontraba detrás de mí en la fila, sin previa advertencia, sin dirigirme la palabra o siquiera mirada alguna se “acomodó” junto a mí debajo del paraguas.

Al percatarme de la situación, y probablemente ante mi expresión que debe haber sido una mezcla entre sorpresa, indignación e intriga la susodicha decidió concederme el honor de dirigirme la palabra para sencillamente decirme:

“Hay que aprovechá…”

No podría describir cuáles fueron los sentimientos que me inundaron la boca del estómago en ese instante, y por supuesto me limité a castigarla con un despectivo silencio.

Quizá la mala vibra que emanaba de mi persona o el hecho de que resbalaba mucha agua por el borde del paraguas suscitó que mi vecina abandonara su refugio para volver a ocupar su lugar en la fila para soportar estoicamente el aguacero.

La lluvia fuerte se mantuvo entre 10 y 12 minutos, tiempo por demás de sobra para generar suficiente caos en Plaza Venezuela y descomponer el tráfico de toda la ciudad. Cuando eran las 5 y 45 de la tarde, recibo una llamada que me resuelve el asunto del transporte hasta mi casa, mas sin embargo debo moverme de mi ubicación y trasladarme hasta la parada de autobuses que se encuentra en la autopista a la altura de Plaza Venezuela, en sentido centro.

Contemplar la autopista a esa hora de la tarde es una experiencia absolutamente nutritiva, pues deja en evidencia la inmensa creatividad del caraqueño al momento de “conducir” sus vehículos y también su espíritu deportivo, pues sin lugar a dudas muchos compiten en las categorías: “Quién infringe más leyes en un solo recorrido”, “Quién logra generar mayor cantidad de cola deteniéndose en la autopista” y por supuesto, el favorito de todos que es el famoso concurso “Demuestre que usted carece de sentido común”.

En el período de tiempo que estuve allí pude observar cómo a medida que las vías van colapsando los conductores comienzan a tornarse más intrépidos. La salida de la UCV hacia la autopista en sentido centro se convierte convenientemente en un acceso a Plaza Venezuela que no tiene cola. La parada de autobuses se muda al canal rápido de la autopista, pues a ninguno de los conductores al parecer le satisface estacionar su autobús dentro de ese espacio destinado a ello. Por supuesto, en el momento que tenga la oportunidad me trasladaré a cualquier otro punto de la ciudad, para poder observar que tipo de estragos realizan nuestros queridos ciudadanos en pro de seguir pateando el tráfico de la ciudad caraqueña.

viernes, 23 de abril de 2010

Bienvenidos

Saludos a todos:

Les doy la bienvenida a este espacio en el cual escribiré acerca de las distintas situaciones que tengo la oportunidad de observar en mi día a día en la ciudad en la que tengo la oportunidad de desenvolverme todos los días.

Dichas situaciones muy probablemente nos serán familiares a todos, pues de seguro más de una vez las hemos presenciado, nos han ocurrido a nosotros mismos o a nuestros amigos, o incluso hemos sido los autores intelectuales y ejecutores de fechorías urbanas que permanecen impunes y están presentes en recuerdos y anécdotas que se cuentan regadas por una o dos birritas en reuniones sociales.

Por último, si buscan en este blog mensajes del autor para reflexionar acerca de lo que puede hacerse para resolver los problemas de nuestra ciudad, una herramienta para crear conciencia ciudadana, o una guía para saber como ser un buen ciudadano le recomiendo entonces que continúe con su búsqueda en otros lugares de nuestro amplia red, pues no es esa la intención de este espacio. Si usted utiliza los relatos presentados en esta página, que prometo que serán 100% objetivos y se limitarán a ser descripciones de situaciones observadas por mi persona, salvo que indique lo contrario, para generar conciencia en usted y su prójimo, mejorar su vida o cambiar la vida de otros o para dejar de PATEAR a nuestra urbe y sus habitantes y que todo esto contribuya a tener una mejor ciudad, no tendré más que decir y escribiré relatos donde los protagonistas no serán los PATEADORES de Caracas.