Esta entrada tiene que ver con un evento que pude presenciar el día sábado, y que debo reconocer que generó regocijo y satisfacción en mi persona.
Antes de que ocurriera este evento, ya había tenido la oportunidad de observar con frecuencia que normalmente la gente no comprende lo que está leyendo o no le apetece gastar su precioso tiempo y esfuerzo en leer alguna información cuando puede sencillamente preguntarle a alguien.
A eso del mediodía abordo un autobús en la redoma de San Antonio de los Altos con destino a Caracas. Al momento de pagar el pasaje mi vista se encontró con un par de carteles de considerable tamaño que decían:
"No hay parada en el Km 2 y 3"
"No hay parada en la autopista"
No cabía lugar a dudas para mí que el chofer se debe haber visto involucrado en algún desagradable incidente que lo obligó a colocar estos avisos para informar a sus pasajeros que en los puntos donde NO existe una parada de autobuses, el autobús no puede pararse a dejar o recoger pasajeros.
Poco a poco los pasajeros van llenando el vehículo, encontrándose como yo al subir, ambos carteles frente a sus rostros, para, una vez que todos los puestos están ocupados, ponerse en marcha rumbo a su destino.
En el Kilómetro 7, a la altura del IUT, el autobús hace una parada para recoger a algunos pasajeros. NAda más al abordar, el primero de ellos le pregunta al chofer si los puede dejar en el Kilómetro 2 de la Panamericana. El chofer se niega y señala el cartel que tiene pegado EN LA ENTRADA del bus, y que definitivamente todo el mundo debería haber leído al subirse.
Al recibir dicha negativa, el pasajero desciende del autobús, bastante molesto, y gritando cualquier cantidad de barbaridades respecto a que TODOS los autobuses SIEMPRE se detienen en el Kilómetro 2 y que el chofer es esto, aquello y algo más.
El trayecto continúa con normalidad, hasta que el autobús llega a la autopista Valle-Coche y pasa el puente del Fuerte Tiuna. En ese momento una pasajera decide aproximarse al chofer y le pregunta si puede dejarla descender en un punto más adelante, asumo que a la altura de Santa Mónica, en la autopista. El chofer se limita a seguir conduciendo en absoluto silencio, y sin siquiera mirar a la pasajera señala de la forma más despectiva que puede el cartel que dice NO HAY PARADA EN LA AUTOPISTA.
Cualquier podría pensar que con una respuesta de esa contundencia la pasajera volvería a su puesto, más no es así. La susodicha realiza un segundo intento, poniendo su voz más melosa y convincente, recibiendo una vez más la misma respuesta silenciosa del dedo señalando el cartel.
En este punto ya me encuentro riendo abiertamente desde mi puesto, pues no puedo concebir como alguien puede querer bajarse de manera tan desesperada en la autopista como para aguantar tal muestra de desprecio, cuando la muchacha realiza un tercer intento para que el chofer acceda a sus súplicas. Una vez más el chofer, supongo que ya cansado de la insistencia, señala con el dedo de manera contundente el cartel de NO HAY PARADA EN LA AUTOPISTA.
Resignada, la muchacha vuelve a su asiento, ante mi divertida mirada, quejándose de que el señor del autobús solo la puede dejar en la parada señalada para tal fin.
Al final de mi recorrido pude comprobar que las respuestas del señor no eran por cuestión de antipatía o de mala educación, pues al desearle buenas tardes al bajarme en una parada, el señor respondió de manera bastante amable. Por supuesto que imagino que éste señor no tendrá la menor idea de que hay una entrada en este blog sobre su admirable conducta que incentiva y motiva a nuestra querida población a practicar el sano hábito de la lectura, y mucho menos la satisfacción que me produjo su manera sobria y objetiva de responder ante cualquiera de las necias peticiones de los usuarios del transporte público, que el sábado me demostraron que hoy día se puede hasta patear la palabra escrita.
